R.I.P.

Habiéndose convertido mis brotes en frutos, frutos que serán brotes, me sumo en la contabilidad que, al fin conseguí ordenar. Creo tener ajustados el activo y el pasivo de mis actos.

Póngase, pues, una fina lápida sobre mis despojos y déjese crecer la fresca hierba de primavera, las efímeras flores... y hasta los cardos y rastrojos.

Hoy es un día alegre. Te he conocido, y al conocerte he saldado mis deudas. Deudas del pasado solventadas con inversiones para el futuro. Deudas que están apuntadas.

Sin embargo, estoy alegre (aunque seguiré siendo triste) porque he vencido a los monstruos obscenos de mi conciencia, porque al fin han sido débiles, porque siempre han sido vulnerables ante mi necesidad de conocer el fondo del arcón.

Hoy he conseguido aprender, por fin, que se ama al anterior amando al posterior. Porque un fruto genera otros frutos en la imparable virtud de la generación. Es por ello, y resultando que la vida se engrandece con más vida y que el sufrimiento se supera con sufrimiento, que estoy en paz.

Sólo pensaré en ti cuando piense en él y así acariciaré la perfección, así los dos seréis honrados por mí.

Hoy he cruzado el desierto y soy león.

Absuelve mis pecados.

R.I.P.
Fin de este capítulo.

© José Manuel Cuesta Boix


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