LA ESCALADA
Desesperanza, ardor y anhelo
vengo montaña arriba
y sin saber cuanto tengo
sólo se lo que lo que dejo es poco
y lo dejo porque lo dejo.
Llegando a la cima alcancé
a los que primero llegaron
y todos ellos me contaron
que yo también finalicé.
Y pensando en ellos estuve
porque los primeros son los mas sabios
concluí con gran tristeza
al saberme andado el camino
que los pasos que yo dí
no fueron ni uno ni cuatro, sino mil.
Y agotado miré a mi amigo
el viejo reloj de bolsillo
que cubierto de herrumbre y polvo
quedóse al tiempo parado
de tantas vueltas que dió a cada paso
que yo hube andado.
Y al enfrentarme con Caronte
mis bolsillos , que tan vacíos se encuentran,
explican al incansable remero
que tan cansado me encuentro
que ni energía me queda para pagar el crucero.
Y tan pobre me vió el barquero
que con sus remos no quiso darme el azote
a mí ya desgraciado destino
y cumpliendo con su obligación
cerró mis ojos zahínos y navegó sin compasión.
Al otro lado encontré cientos de caras informes
que, como canalla soez y gañana
mis faltas querían saber
mas yo, entregado a mi infortunio, llevando la vista al frente,
grité que no pude pecar porque el camino andado hube.
Y si la penitencia me debían ordenar,
que sea para recordar, que todo el camino andado,
con paso tan agrandado,
que mas valdría haber demorado las ansias de llegar a la cima,
cuando a la cima siempre se llega cansado
©José Manuel Cuesta