J.K.

Extenuado de preguntar y nunca encontró respuesta

porque sus verdugos quisieron hurtar aquello que era

INOCENCIA.

Sin conocer la vanidad del león, que por fuerte se complace,

por ver a J.K. jodido boca abajo con su panzurrón.

Y golpeáronle varias veces, más el delito no concibió

en tan duras penas y castigos,

que de rodillas cayó aquel inocente vecino.

La gran casa le acogío, y los pisos le dieron la espalda,

y sin respuestas quedó perplejo,

ante aquellas putas peladas.

E inerte y libre quedó, cuando a la salida del sol

su cuerpo yació invidente,

fruto de la devoción,

del sistema por las mentes.

Y el alma atribulada decía: ¡qué mal he causado yo,

si al despertar merecía el sol

cuando comenzaba un nuevo día.

©José Manuel Cuesta