Parecía que el día se presentaba muy tranquilo y no se presumían eventos desafortunados para el rebaño.
El gigantón de un solo ojo, al que llamo cíclope porque así lo llaman quienes de él han escrito, reunió al rebaño en el despunte del día, y sí bien casi todas las ovejas presagiaban desgracias como de ordinario, las acciones del despreciable ser demostraron todo lo contrario.
El cíclope quitó las ligaduras de su perro gigante, perro del que yo no había hablado hasta ahora porque no se me había ocurrido, reunió todo el rebaño frente a la gigante rueda de piedra que taponaba la entrada de la caverna y permitió la salida de todos los borregos a los que el perro iba azuzando para que recuperaran su puesto en la comitiva ovina. Alguna desafortunada y despistada lanuda recibió un fuerte mordisco del baboso can.
Por cierto, he de explicar cómo era el perro. (Recuerden que yo, al salir de mi tonel, me vi convertido en un miembro más del sometido rebaño y por tanto protagonista en primera persona de esta historia que, aunque usted no lo crea, fue real y no producto de mi narcotizada imaginación).
Bien. Del perro no hace falta explicar mucho.
Era un chucho como son todos los chuchos de su calaña: adulador de su amo (por la cuenta que le traía al muy gañan); efectivo con su trabajo, esto significa que era un perfecto cabrón (nunca más apropiado el lema) para el rebaño de ovejas, porque no reparaba en gastos energéticos a la hora de mantener al rebaño en orden, apaciguado y conducidos por donde cíclope, el que más manda, le indicaba a su perruno lugarteniente ya que para ello el ser monocular no necesitaba dos ojos, con uno sólo más su cayado se bastaba para mantener su ley y su orden que impartía el asqueroso perro al que su dueño magullaba incesantemente a base de duros golpes de cayado cuando no velaba por los intereses de su amo.
Tal era el desprecio que sentía inconscientemente el cíclope por el chucho que ni tan siquiera le había puesto un nombre.
Cuando el gigantón de un solo ojo requería la presencia del perro le gritaba-gruñía como si estuviera en un concurso para obtener el premio a la mala educación: ¡Eh, perro!, ¡Tú pulgoso, ven aquí!, ¡Acércate o te meto una ostia que te reviento!... e irrepetibles expresiones soeces que no voy a mencionar.
El cíclope mostraba cariño por su perro en muy pocas ocasiones, sobre todo en los fríos días de invierno cuando precisaba calor y por ello le dejaba dormir a su lado o cuando, no deseando satisfacer sus instintos carnales con una oveja, decidía que la satisfacción se la proporcionara el baboso del perro. (Esto último no le gustaba al perro porque era perro y no perra, y como casi cualquier macho no desviado, no simpatizaba con la sodomía).
En fin, yo veía al perro-cerdo (tal cual lo mal-nombraron las ovejas y con el perdón de los cerdos de verdad) como una criatura abominable que era un rastrero criado del cíclope. También era un perro gigante, de tamaño proporcional al que ostentaba su amo.
El perro-cerdo babeaba constantemente un moco purulento de color verdoso-amarillo-rojizo.
Tenía calvas en su pelaje y, entre calva y calva, se apreciaban heridas medio cicatrizadas unas, sangrante otras, y otras manifestaban una exudación de pus propia de una infección.
El perro-cerdo no era propietario de una virtuosa higiene, era como un indigente solitario y desterrado de la sociedad porque, siendo un animal como las ovejas, el muy perro consideraba que por parecer más inteligente que éstas, ocupaba un estadio superior y consecuentemente su modo de vida y sus intereses tenían que ser totalmente distintos a los del rebaño. ¡Pobre animal!.
Todo esto había convertido al perro-cerdo en un ser despreciable y carente de escrúpulos y por ello el propio cíclope no se andaba con fruslerías en el trato hacía su acólito.
El perro-cerdo tenía que cumplir los deseos del hombre con un solo ojo, o por el contrario... zas, mamporro hacia el chucho.
Pero el individuo canino era feliz así porque se creía que era colaborador de confianza del Cíclope y, a veces, soñaba que era un perro pastor. Pero este convencimiento es común a muchos seres bien sean humanos, bien sean animales.
Para continuar con mi experiencia extra-tonelera prosigo con mi exposición.
Una vez franca la salida de la caverna y todos al aire libre, rebaño más el perro más el cíclope, los caminos se separaron.
La opinión generalizada es que el cíclope marchaba para buscar los abastecimientos básicos para la caverna: leña, agua potable, cazar animales salvajes para obtener carne y pieles... por ello, en un exceso de benevolencia, el gigantón concedía unas horas de asueto a su rebaño siempre con la mirada inquisidora de su criado el perro-cerdo.
Este esporádico esparcimiento era bien recibido por la comunidad ovina ya que sí ningún miembro del rebaño se distanciaba en demasía del grupo no existía acción represora del perro, nadie era agredido y podía disfrutar de la belleza del entorno, disfrutar del aroma de lavanda, frambuesa, y de todos los innumerables aromas de las plantas autóctonas de la zona.
Además este corto momento de libertad permitía al rebaño contrarrestar el miserable alimento que otorgaba el cíclope con hierbas y flores frescas, beber agua directamente de los arroyos, darse un buen revolcón en el suelo y los más pequeños del rebaño corretear y jugar en un espacio abierto y sin más verjas que los límites naturales del paraje.
Alguna vez, con suerte, algún miembro del rebaño se encontraba con alguna rana, sapo, tortuga, liebre u otro animal con quien charlar e intercambiar experiencias siempre y cuando el perro-cerdo, siguiendo instrucciones de su amo, no lo impidiera porque el cíclope le tenía encomendado a su chucho abortar cualquier intento de las ovejas por comunicarse con alguien ajeno a su entorno cotidiano.
El conocer experiencias de otros puede resultar muy nocivo para la salud del sistema que sostiene el cíclope con el infame de su perro-cerdo.
Y es que dejar salir de Pascuas a Ramos a todo el rebaño era una prodigalidad solo excusable en seres tan magnánimos y generosos como era el cíclope.
Sí que tenía parte de razón aquella oveja que consideraba sinceramente que sin la protección que ofrecía el Cíclope, apoyado por el servil perro-cerdo, muchas ovejas hubieran perecido en libertad al ser víctimas de predadores salvajes pero este argumento, desde mi punto de vista de invitado casual en esta historia, considero que es muy discutible. Allá cada cual.
Volviendo, pues, a lo sucedido en aquella histórica excursión relataré todo aquello que vi, oí, sentí y presentí.
Instantes después de llegar al extenso prado, el cíclope se agachó a la altura del inquino can y le susurró algo a la oreja y éste, el chucho, con un palmo de lengua babeante y con un enfático cimbreó de su excitado rabo corrió en derredor del rebaño hasta que todas las lanudas dibujaron un círculo casi perfecto y que tal vez, si hubiera podido observarse desde el aire, cada punto elegido era casi idéntico a otro. El cíclope marchó prado a través, con andares torpes característicos de su tamaño físico y mental, y Ovis inmerso en el grupo pudo observar como se empequeñecía el gigante que iba camino de la montaña en busca de leña, frutas, animales para alimentarse él y su perro...
Una vez el gigantón desapareció de la vista de Ovis, y tras esperar unos minutos de prudencia por si al unicejo tirano se le hubiera ocurrido volver, y cerciorado de que el perro-cerdo, relajado tras estar convencido que el rebaño estaba reunido y en calma, y viendo que aquel había escogido un lugar donde adormecer su pulgoso cuerpo, comenzó a empujar suavemente a izquierda y a derecha con la finalidad de abrirse paso entre sus compañeros. Así consiguió llegar hasta Binkel, al que encontró mostrando sus cuartos traseros.
Con otro suave empellón de su enroscada cornamenta, Ovis provocó que Binkel, un poco alarmado y molestó, se girara tan rápido como las apreturas a las que estaba sometido le permitieron, pero cuando se encontró frente al hocico de Ovis, quedó tranquilo y comenzó a sonreir. Ovis, con voz muy queda le dijo:
- No te alarmes joven Binkel. No hagas ruido no vaya a despertarse el perro. ¿Ves aquel arbusto?.
- ¿Qué arbusto?. ¿Ese de color rojizo con bayas verdes que está bajo aquel viejo pino?.
- ¡Noooooooo!. Se mostró impaciente Ovis. Digo aquel que es verde y está repleto de bayas rojas... bobo.
- Venga, no te exasperes hombre. Ya lo veo, ¿y que...?
- Intenta, pues, con el mayor de los sigilos llegar hasta él, pero no te aproximes demasiado, espérame y no me sigas hasta que yo no te lo diga.
- Muy misterioso te presiento. Si no fuera porque eres un venerable anciano, ni te escucharía. ¿Es que nos escapamos?.
- No te impacientes y haz lo que te digo. Recuerda que por la impaciencia el hombre abandonó el paraíso...
- Sí, sí. Ya sé lo que viene: ...y por la indolencia no volverá nunca a él.
- Binkel, lenguaraz y malcriado. Haz lo que te he dicho y te abrirás al conocimiento. Recuerda lo que os dije el otro día en la cueva... no habéis conocido más que la cautividad y el sometimiento... No sabéis nada. Insisto: haz lo que te digo y ábrete a la ciencia de tus más lejanos.
Binkel calló respetuosamente ante el anciano, porque así se lo habían enseñado sus padres y comenzó a moverse con lentitud pero sin detenerse y salió del rebaño. Ovis hizo lo mismo pero en sentido contrario.
Cuando Ovis llegó al lugar indicado, se encontró a Binkel que, con la mayor de la prudencia estaba dirigido hacia el arbusto pero con la cabezota girada esperando la llegada del anciano. Ovis, le hizo una mueca que fue interpretada por Binkel como un: “no te acerques. Espera a que te llame”.
Ovis se adelantó. Cuando su húmedo hocico rozaba el matojo, comenzó a pegar saltos, de acá para allá, atusaba las ramas con nerviosos movimientos, introducía alguna de sus patas en el interior del vegetal y, a no mucho tardar, el arbusto se puso nervioso (o eso le pareció a Binkel) porque todas las ramas comenzaron a temblequear sucesivamente, de delante hacía atrás y...
Binkel se sacudió de tal forma que de un salto retrocedió un par de metros y baló de tal manera que casi despierta al perro-cerdo. Había que ver cuán estufado quedó su suave y reluciente vellón...
Y tal reacción porque del matorral comenzó a asomar la cabeza de una siseante serpiente cuya lengua reconocía los alrededores moviéndose como si su propietario hubiera saboreado una docena de guindillas.
Y es que Binkel reconoció a la rastrera, no porque hubiera visto alguna vez una sino porque los mas mayores del rebaño las habían descrito cuando, en frías y duras tardes de invierno todas las ovejas permanecían en la cueva. Nunca habían elogiado las virtudes de la bicha... será porque carecen de ellas pero sin embargo las viejas leyendas les habían otorgado grandes infamias, que con el paso del tiempo, se habían magnificado hasta hacer de estos animalillos unos seres monstruosos.
- Lo peor, es que se arrastran y sisean. !Qué repugnancia¡ pensó Binkel. ¡Y que mortífero veneno esconde en sus entrañas. ¡Tan horrorosas son que ni su propia ponzoña es capaz de producirles daño alguno. Volvió a pensar Binkel.
De los gestos de Binkel la bicha y Ovis traslucieron el miedo y la repugnancia que estaba sintiendo y el áspid tomó la iniciativa.
- ¿Qué sucede psss, tierno lechal?. ¿Me tienes mucho, psssss, miedo verdad? o, ¿es que te doy asco. Psssss?.
- Anda amiga, intervino Ovis. No asuste al chaval. Es joven, no conoce el mundo... deja de sisear, que yo sé que tu siseo forma parte de tu mito.
- Ja, ja. Tienes razón. ¡Cuentos de viejas!. Pero no gritemos, vayamos hasta aquella roca que se guarece bajo ese gran Alcornoque. Allí estaremos frescos, lejos de los oídos de vuestro guardián, podréis probar tranquilamente la hierba y tendremos intimidad y libertad para hablar. Ea! id delante que yo os sigo.
Orden es orden. Ovis y el anonado Binkel caminaron quedos y en paralelo hacía el lugar sugerido por la bicha, y en Binkel ya mas tranquilo se obró el milagro de la curiosidad.
- Oye, Ovis...
- Dime, Binkelllll. Respondió Ovis con retintín.
- ¿De qué conoces a esta bicha?
- ¡Uf! de hace muchos lustros. Cada vez que venimos a este prado la busco. Como ves es una serpiente muy vieja... y muy sabia, ya lo comprobarás. Nos conocimos de muy jóvenes y, por supuesto, yo me llevé el mismo susto que tú, mas bien fue pavor lo que me provocó el encuentro con mi anciana amiga. Cuando la llegué a conocer empecé a compartir todo con ella, lo físico y lo espiritual, confidencias, amores, desamores, conocimientos... ella me explicaba como era su mundo exterior, el de la libertad, y yo le contaba qué desgraciado me sentía por sólo conocer el mundo de la oscura frialdad de una caverna cuando antaño fui tan libre como ella. Cuando la conozcas comprenderás cuantas mentiras circulan por el mundo, aunque bien pensado, más que mentiras es la ignorancia. !Vaya, tu primera lección¡...
- ¿Que lección, Ovis...?
- Pues debes saber que los seres tendemos a despreciar todo aquello que desconocemos y eso... eso se llama MIEDO.
Una vez los tres animales llegaron al lugar acordado, no sin esfuerzo, la serpiente trepó hasta lo alto de la granítica roca quedando así a la misma altura y frente a frente con los dos ovinos.
Tras un corto silencio, porque muchas veces en los inicios de las tertulias nadie sabe como empezar, la bicha rompiendo con la indecisión espetó:
- Bueno, bueno... ¿qué tal os va por la cueva?.
- Nada nuevo tengo que contarte amiga mía. Todo sigue igual, aunque la vida se abre paso en un ambiente tan encorsetado y desfavorable, el rebaño sigue creciendo y lo nefasto es que cada vez quedamos menos “veteranos”. Con esto quiero decir que pocos quedamos que podamos contar a los nuevos que existe otro mundo muy distinto, y claro, éstos por no tener otras experiencias que las que han vivido desde su nacimiento, viven conformados y sin otras expectativas que ser dominados por nuestro amo...
- Esto es lo mismo cada vez que nos vemos. Lamento vuestro destino que es muy distinto al mío. Yo sólo puedo esperar la muerte, que sí es producto del discurso natural, mejor, pero si al final muero victima de algún depredador al menos habré vivido siempre en la mas absoluta libertad. Sentenció de esta forma la víbora.
- Esto es así. Amén. Pero aprovechando nuestro nuevo encuentro (por fortuna) quería que abrieras los ojos de Binkel y le dieras “otras oportunidades”. El nació cautivo y no observa otras formas de vivir, pensar o relacionarse. Quiero que me ayudes, hermana serpiente, a cambiar un poco nuestro mundo. Binkel es listo y si es valeroso y la suerte le acompaña podría convertirse en el líder indiscutible del rebaño y tal vez pueda enseñarles a ser libres.
- !Quía¡. Esto será sencillo de enseñar. Será teoría pero fácilmente entendible por una mente despierta. Y dirigiéndose casi siempre al neófito comenzó el discurso. Mira Binkel, mi historia, que es la historia de este mundo en el que vivimos, comienza hace muchos miles de años, cuando aparece el primer hombre y la primera mujer. Hago un inciso para decirte que la historia que voy a contar es una historia inventada por algunos hombres, que estoy segura que no es cierta, que está construida con fines maliciosos y perversos pero en su esencia es muy pedagógica porque explica lo que es la mentira, la hipocresía, el amor, la guerra... en conclusión la existencia en sí misma. No deja de ser esta historia, un mito más entre todos los mitos.
- ¿Qué es un mito?. ¿Para que sirve?. Cuestionó Binkel.
- Un mito es la explicación de lo inexplicable. Razonó la venenosa. Son historias que solucionan aparentes misterios y en general todas aquellas cuestiones ignotas. Como no se puede explicar un hecho concreto, llega un listo y en un derroche de creatividad crea una respuesta. Esos listos en un principio pretendían explicar los fenómenos externos y los internos, esa forma de pensar se llama razón. Cuando esos listos aprendieron que el resto de congéneres creían en esas explicaciones, utilizaron su razón como medio para obtener grandes beneficios... y así se alzaron los jefes que son algo parecido a vuestro cíclope. La cuestión primigenia de estos razonadores, inocente Binkel, es que aprovechan el miedo de los demás a lo desconocido para someter voluntades. Y eso está muy feo. En vez de crear antídotos para mi veneno de serpiente deberían crear antídotos contra las razones, solamente hay que fomentar la libertad y el verdadero libre albedrío. Sólo así los individuos podremos desenmascarar y librarnos de los jefes, y la finalidad es conseguir la felicidad. Dicho esto vuelvo con Adán y con Eva, que son como he dicho antes, el primer hombre y la primera mujer y siempre contaré lo que cuenta el mito. Las interpretaciones sólo serán las tuyas. En aquellos tiempos nuestro mundo era fecundo. Miles de especies convivían sin problemas de agresión constante porque todo tenía su lugar y todo lugar tenía todo. Cada cual subsistía honestamente y como la naturaleza le había ordenado, las instrucciones eran sencillas: cada uno tenía que ser y comportarse como cada uno había sido creado. La depredación sólo consistía en seguir el instinto de supervivencia y en ello no había maldad pues era lo que era: sobrevivir y perpetuar la vida. Hoy por hoy no podemos decir lo mismo porque el depredador se ha convertido en un deportista que mata para satisfacer sentidos que nada tienen ver con la supervivencia. Fue en aquellos tiempos cuando todo comenzó y cuando mi estirpe fue denostada y vilipendiada hasta extremos insospechados. Con Adán y Eva convivió la primera serpiente, a la que se estigmatizó hiperbólica e injustamente por haber sido libre en sus actos, libre por cometer un acto de pura humanidad en contra de lo dictado por un individuo ajeno a la verdadera realidad de las cosas mundanas: ajeno al hambre a la sed, al amor, al miedo... y que se alza por encima de la muerte. Esto es lo que ha causado, desde entonces y a muchos, tristeza y dolor y miseria y desasosiego. Conocer las cosas, la esencia de las cosas, es en si misma una realidad inmanente y omnipresente en casi todos los seres inteligentes. Sí, he dicho inteligentes y con ello quiero referirme a los que tienen la mas mínima capacidad volitiva a los que, aunque no puedan comunicarse mediante sistemas complejos o manejen sistemas en apariencia ininteligibles a otros seres e incluso los que deambulan y se comportan de forma aparentemente extravagante, excéntrica, estrafalaria o inconexa... pensemos que esos seres alejados de nuestros patrones de conducta se manifiestan con una voluntad propia y eso, eso es inteligencia. No los denostemos, son otras variantes del existir. ¡coño!. Me fui de nuevo. Son tantas las cosas y tampoco el tiempo... Bien. Conocer las cosas es muy higiénico en términos globales y por ello la serpiente se convirtió en pecadora por obra y gracia del calumniador. El calumniador era celoso de su conocimiento porque su tesoro era el conocimiento, debía guardarlo para sí y compartirlo lo haría caer de las alturas a las que, sin alas, había accedido. Por esto que cuento, tal y como me lo han contado, y lo creo a pies juntillas, el calumniador constriñó y focalizó la universalidad ignorada por todos, salvo por el, en un estúpido manzano, el más fecundo del vergel, el de las manzanas mas rojas y brillantes, el de las manzanas mas próximas al suelo. Las manzanas son, indiscutiblemente, unos alimentos saludables y solamente pueden resultar indigestas cuando existen gusanos, pues las cosas deben permanecer inalterables y mostrarse en estado puro para no devenir en la terrible corrupción. Por esto, aunque los gusanos sean unos convecinos tan honestos como nosotros, no es bueno que permanezcan en las manzanas y sólo les podemos permitir habitar en ellas si previamente nos avisan, en este caso deberemos saludarles: ¡Buenos días señores gusanos!. No interrumpan sus quehaceres. Sigan, sigan que yo elegiré otra manzana de la que beneficiarme. Los gusanos te lo agradecerán. Llegamos a la conclusión axiomática acerca de que las manzanas no son perjudiciales, cumplen su estricto cometido, y por ello, nadie puede prohibir al otro que las mordisquee. NADIE a excepción del que desee ocultar las propiedades nutricionales de las manzanas.
-No entiendo donde quieres llegar. Disculpa mi ignorancia. Se excusó el pobre Binkel que no había perdido ningún solo detalle del monólogo de la serpiente.
-Impaciencia, impaciencia. Ese es el gran defecto de los jóvenes. Intervino Ovis balanceando su cornuda cabezota. Espera, hombre. Es complicado pero lo entenderás.
-Gracias. Sabio amigo, gracias. Sólo el que conoce comprende. Sigo.
La bicha prosiguió con la historia.
-Las manzanas son un mito estupendo para embaucar a los crédulos. Estas frutas fueron las elegidas para representar el todo de las cosas y ellas, las manzanas, fueron prohibidas para Adán y Eva. Sin embargo, la verdadera realidad es que un día Adán y Eva (los llamaremos nuestra pareja de aquí en adelante, para no consumir las propiedades de éstos por un uso desmedido), sintiéronse aburridos y sin ninguna expectativa cercana que alterara sus vidas monocordes. Siempre era lo mismo y fueron conscientes de que muy poco sabían sobre todo los que les rodeaba. Tuvieron hambre y por ello escrutaban su entorno con avidez en busca de algún otro alimento que les satisficiera las necesidades, pero sólo vieron el magnánimo manzano. Sintieron miedo. Tenían prohibido degustar el fruto prohibido, pero les atraía y deseaban hacerlo suyo y comerlo. Durante varias semanas la hermana serpiente fue espectadora muda de la tristeza en la que nuestra pareja comenzó a estar inmersa. Los vio abatirse, estremecerse, delirar, retorcerse hasta límites insospechados, pero eran incapaces de abrirse a las expectativas, eran incapaces de pensar en su futuro y en su bienestar. Sólo creían en la toxicidad del producto aunque en sus entrañas despuntaba el sentimiento de haber sido engañados, o al menos de no haber sido instruidos en la verdad. Mi antepasada ante lo que estaba viviendo, se compadeció de forma superlativa y comprendió que las verdades pueden ser muchas y muy diversas y que tenía que actuar en beneficio de aquellos seres hambrientos que estaban sucumbiendo por falta de una completa alimentación, y actuó. La sabia reptadora haciendo gala de una excelente prudencia, porque antes de saltar al río hay que asegurarse de que existe la suficiente profundidad, fue arrastrándose hacia nuestra pareja quedando inmóvil de hito en hito, ya que algo que se arrastra y sisea produce recelo irracional e incluso temor injustificado. Cuando estuvo a poca distancia de la precaria y casi desvanecida Eva le dijo de esta comprensible manera (y sin sisear porque eso produce miedo):
-Mira vecina, he visto durante muchas semanas que tú y tu pareja estáis pasando momentos de penuria. Me entristece ver que todo crece y evoluciona según las leyes de esta naturaleza y sin embargo vosotros dos os apagáis de forma evidente e inminente. Creo entender lo que os pasa y es que no sois libres para alimentaros, yo no sé...
-Por qué te apiadas de mí. Dijo Eva a la serpiente. Eres acaso un ser débil... sólo los débiles se compadecen de sus próximos. Eres acaso un ser asqueroso y vil que entiende con toda intensidad los actos de falso altruismo. Eres...
-Calla, niña. Veo que tu desesperación y tu delirio no te hacen reconocer al verdadero benefactor. No quiero nada de ti, ni tan siquiera me sirves para perpetuar mi especie. Calla, escucha, soslaya tu fiebre. Eres un ser digno de estar en este mundo, al igual que el resto y no entiendo porque pasas hambre cuando hay alimentos al alcance de tu mano.
-Cabrona serpiente. Hurgas en mi desesperación, estoy hambrienta al igual que el pobre Adán. ¿Qué pretentes?. ¿Cómo puedes hablarme así siendo un ser que se arrastra y que tiene veneno para los demás?.
-No hablas tú, habla tú hambre. Mi parte inteligente no te escucha estás posesa serénate y escucha, no pierdes nada.
-Habla, pues. Ciertamente tienes razón. Nada tengo que perder sólo tiempo. (Hasta que me alcance la inanición).
-Como te decía, no entiendo tu lamentable estado de precariedad cuando la abundancia te rodea. Deberías coger lo que la naturaleza te ofrece y que pone a tu alcance. No tienes más que estirar tu brazo.
-Si te refieres a esas apetitosas manzanas, suspiró Eva, estás en un error al aconsejarme apropiarme de algo prohibido. Se me ha enseñado que son productos pecaminosos en sí mismos, son frutos voluptuosos y solo existen para domeñar voluntades. Para probar la resistencia de la naturaleza de los hombres.
-Sorprendido ante tanto desatino expelido por la boca de Eva, la serpiente no daba crédito a lo que estaba escuchando. Comprendió entonces, el daño que sufría Eva, y no por causa del hambre, y exclamó: ¡Para probar la resistencia de la naturaleza de los hombres! y qué me dices de los cerdos, de los monos, de las serpientes...
-Detente bicha, increpó Eva. Los animales no entienden de las cosas, no razonan, no perciben la realidad de las cosas. ¡Por el amor de nuestro señor!. ¡Cómo un cerdo puede tener resistencia o voluntad!. Válgame Dios, estás atribuyendo propiedades de seres racionales a seres irracionales.
-Mucho tienes que aprender, Eva. Dijo la serpiente manteniendo la mas absoluta flema e intentando organizar su discurso para poder hacer entender a su patrocinada aquello que quería explicarle y que era mas verdad que la propia existencia carnal. Estás muy condicionada a pensamientos preestablecidos. Ábrete al conocimiento. Los animales (no humanos, que te quede claro) son modos de vida distintos en cada caso. Unas especies deambulan por la vida de forma distinta a las otras especies, pero en definitiva el origen y el fin de todos los seres incluidos los hombre siempre es el mismo. Tu problema Eva, es que te han hecho aprehender que no entender un lenguaje o no comprender la conductas ajenas no hace que la sustancia sea distinta. La naturaleza es la dictadora de los actos, pero una dictadora multicolor... Para que me entiendas, la naturaleza rige los actos básicos de los seres que acoge, pero les ofrece múltiples posibilidades para cumplir con el protocolo de la vida. Es siempre lo mismo por muy distintas que sean las maneras. Puedes coger una manzana del árbol con la mano o con la ayuda de un sarmiento, pero el origen seguirá siendo el hambre y el fin la satisfacción por la supervivencia.
-Eva muy asombrada y con el hambre casi olvidada por tanta sabiduría que escupía el reptil exclamó: Ya estamos de nuevo con las manzanas. Podrías haber puesto otro ejemplo, manipuladora. De todas formas sigue, cuando acabes tu exposición valoraré y consideraré la calidad de tus argumentos ya que cantidad no les falta.
-Me congratula saber que al menos me estás escuchando. Al hilo de lo que iba diciendo, los seres somos muy distintos pero también muy iguales, por eso no esgrimamos el mandoble del desprecio. Yo no sé o no quiero saber porqué, al que tu llamas Dios, te impide alimentarte. No es la finalidad de la dádiva que te ofrezco, sólo creo que debes alimentarte no importa con qué (manzanas ¿tal vez?). Todo lo que te rodea puede ser comestible y por eso lo ha puesto la naturaleza, pero cuidado, también existen múltiples alimentos que contienen venenos, cuando comas tienes que ser cauta y saber que comes.
-Eva, con la curiosidad innata de un cachorro preguntó: Y, ¿de qué manera sabré que cosas puedo comer o no comer?.
-Se inteligente, sentenció la serpiente. Todo es pura experiencia. La vida sólo se abre camino cuando viaja con la experiencia. Esto es cierto. Sólo existe tristeza cuando hay felicidad, sólo hay vida cuando existe muerte, el negro es negro porque vemos el color blanco. Camina, camina y tropieza, con suerte llegarás al final del camino sí sólo has tropezado y al caer te has hecho arañazos pero, si al caer te has desmenuzado el cráneo... mala suerte. Sólo serás capaz de conocer el final del camino si has caminado. Así es la grandeza de la existencia.
-Verbigracia para tan rastrero ser. Prosigue. ¿Qué tiene que ver esto con las manzanas?.
-Muy sencillo. Usemos la lógica. La naturaleza ha creado las manzanas. Las manzanas, en su justa medida, saciarán tu hambre. Sólo un ente que dice ser Dios o un ser que se ha inventado como Dios te dice, sin argumentos certeros, que comer manzanas es perjudicial. ¿A quién crees? ¿A la naturaleza que te ha dado la vida o al que se alza como señor de todas las cosas sin dar prueba de ello?. Yo pienso por mí misma y aunque serpiente sea mi conclusión es contundente. ¿Qué piensas tú. Eva?.
-No es por ofender pero ¿por qué me ofreces el regalo de tu sabiduría si tú ponzoña no te perjudica a ti pero es mortal para el ajeno?.
-En absoluto me ofendes, amiga. Soy realmente comprensiva y muy dispuesta a enseñar lo que sé por la razón y por experiencia. Tú, Eva, eres como un bebé que desconoce la realidad porque aún no tiene muchas experiencias. Necesitas ayuda. Te la regalo sin pedirte nada a cambio. La naturaleza de las cosas no es estricta. Como te dije antes, las características y particularidades de los seres existen entre otras cosas, por puro antagonismo. ¿Recuerdas que el negro existe porque existe el blanco?.
-Pese al retorcimiento de mis tripas, lo recuerdo.
-Excelente. Pues te diré, para que me comprendas, que los seres estamos dotados de dos facetas: La virtud y la maldad, la primera existe porque existe la segunda y a la inversa. Ambas conviven en un mismo individuo y cada individuo es responsable de todos sus actos, de tal forma que cuanto más se alimenta un ser, de mas probabilidades dispone para hacer valer su virtud. Mi ponzoña es letal, porque así lo ha dispuesto la naturaleza, pero yo, que como de todo lo que me apetece y bebo de mil fuentes, ha aprendido a usar mi ponzoña en beneficio propio y del virtuoso. Mi veneno no puede serme lesivo, porque es mío, lo conozco y se usarlo y lo mas importante, jamás me morderé a mi mismo ni te morderé a ti salvo que desees aplastarme.
-Vaya. Me tranquilizan tus palabras y... me vuelve el apetito. Estoy mirando el manzano y veo sus frutos mas rojos y brillantes. Lujuria dionisiaca y desbordante...
-No querida. Lo que unos llaman lujuria otros lo llamamos “NECESIDAD DE”.
-Entonces... ¿Puedo?. ¿Me adentro en los ignotos confines del desierto?.
-Prueba, prueba. No te adentrarás en el vasto desierto, ni mucho menos, al contrario... el desierto mutará ante tus ojos hambrientos hasta convertirse en un placentero pensíl. Se valiente y ten miedo, pero hazlo por tu bien y por el de tus descendientes. Sentenció la serpiente.
-Beatrix et fortuna imperatrix mundi. Allá voy. Sí me equivoco... que Dios y Adán me perdonen. Sollozó Eva.
Llegado este punto de la historia de la rastrera quedó callada para observar la cara con que escuchaba absorto Binkel. Esto dio alas a la letal narradora para proseguir su historia (salvo fuerza mayor) porque parecía, al menos, que Binkel asumía el mensaje y por ello dejaba de ser un poco más pequeño para crecer un poco más.
-Pasados unos segundos Binkel intervino de forma prudente pero con contundencia. Esto que estoy escuchando de tu boca, amiga serpiente, ¿significa lo que yo creo?.
-Uf. Exclamó la serpiente. Yo no puedo saber que es lo que crees y ni tan siquiera puedo saber cómo estás entendiendo la historia que te cuento. La historia es sólo eso, una historia. Cada cual puede entenderla de muchas formas y aprender partes de ella en función de muchos factores. Lo importante es conocer “la historia” y sacar las enseñanzas de una manera autónoma, es decir, de forma personal. ¿Sabes lo que es un caleidoscopio, Binkel?.
-¡Vaya pregunta!. Espetó molesto Binkel. Claro que no sé lo que es un caleidoscopio. Seguro que tú me lo vas a explicar. ¿Verdad doña viperina?.
-Irreverente granuja y gañan... Recriminó Ariel al lenguaraz Binkel.
-Deja al muchacho, Ariel. Intervino la serpiente. La juventud suele ser muy curiosa por naturaleza y no suelen temer a lo desconocido. Sin embargo, cuando en lo mas alto de la montaña ha llovido y el río viene crecido por el valle, éste se desborda. Hagamos el río más ancho y mas profundo. Anda, Ariel sé mas comprensivo con el chico. Explícale lo que es un caleidoscopio.
-Así sea vieja amiga. Ten por seguro que de no haberte convertido en eficaz valedor de Binkel le abría topetado con cierta dureza... la educación ya no es lo que era. Maculló Ariel mirando penetrantemente a la serpiente. Prosiguió esta vez encarándose enérgicamente hacia el descarado borreguillo, un caleidoscopio es un artilugio casi mágico. En el puedes mirar por un extremo y ver su contenido de forma distinta de lo que pueda ver otra persona. Si mil personas miraran por el mismo caleidoscopio verían su interior mil formas distintas, pero sí una misma persona mirara mil veces en el interior del caleidoscopio también observaría las mil formas de su contenido.
-Creo entender, anciano Ariel. Contestó Binkel con cierto tono de arrepentimiento por haber atacado injustificadamente a la serpiente. LAS HISTORIAS SON COMO LOS CALEIDOSCOPIOS.
-Amén, amén y tres veces amén. Veo que comprendes muy bien. Alabó la serpiente la somera exposición de Binkel.
La mañana era serena, fresca y muy apacible.