Atrás quedaba el mal recuerdo de la isla de las sirenas de dos lenguas.
El viento empujaba suavemente la embarcación y la tranquilidad del mar proporcionaba un bien merecido descanso a los argonautas.
Sólo uno de ellos gobernaba la embarcación y el resto disfrutaba profundamente de la brisa preñada de salitre y del amable sol matutino.-Lo hemos pasado mal esta vez. ¿Verdad Odiseo?
-Ciertamente amigo Janto. Parece inverosímil que, habiendo sido extremadamente hábil nuestro antepasado Anaximandro al haber conseguido cartografiar gran parte de nuestro mundo conocido, que no hubiera sido capaz de grafiar en sus cartas esa maldita isla. No obstante, y en relación con la experiencia que hemos vivido todos juntos como hermanos he de expresar, querido Janto, que casi hemos sido víctimas del infortunio por cuanto que casi hemos sido avocados al averno de esas miserables sirenas de dos lenguas. Pero también es cierto que todos nosotros hemos sido capaces de retorcer el pescuezo de nuestro destino al haber actuado con inteligencia, diligencia y siempre con voluntad pétrea. De esta experiencia negativa hemos aprendido a ser positivos, y a tornar en bienaventuranzas las desventuras. Somos leones y estoy orgulloso por ello. Lo más increíble de nuestra ultima acción ha sido soslayar el temible canto de las sirenas de dos lenguas. Ellas muestran dos facetas al auditorio. Por un lado recrean con bellos cantos a nuestros oídos y éstos cuentan a nuestros cerebros cuán beneficiosas son para nosotros esas sirenas de dos lenguas y la premura que debemos observar para llegar hasta ellas. Es por lo anterior, fiel Janto, que nos deviene un estado de extrema catarsis que nos dirige, totalmente desprotegidos de nuestra necesaria voluntad, hacia esos seres demoníacamente pervertidos para que nos cimbreen como hace el viento con un sembrado de trigo. ¿Entiendes?.
-Claro Odiseo. Mi padre -al que abandoné para unirme a Macedonios, Mirmidones, Atenienses y demás tribus- es amo de una vasta extensión en la que cosecha trigo (y así nos alimenta a toda la familia). Pues bien, cuando dejó de recogerme todas las mañanas el pedagogo, mi padre me empleó en su hacienda y siempre me deleité al mirar, de tanto en tanto y para enjugar el sudor de mi frente que dignificaba mi duro trabajo, cómo el campo se componía de miles de espigas que todas juntas, y con la mismo ritmo y cadencia, se mecían en la misma dirección en la que el viento soplaba. Pero aquello me parecía triste... no lo entiendo.
-A mí también me lo parece mi bravo guerrero. A mi también me lo parece. ¡Vaya! Te explico: esas sirenas de dos lenguas que hemos conocido y que tanto nos perturbaron y que nos llevaron al mas extremo patetismo, son maestras en el arte de soplar el trigo. Ha sido una gran suerte (suerte que para nosotros debemos llamarla voluntad de poder) el que hayamos sido capaces de soslayar la aparente belleza de los cantos hipócritas, al haber sido capaces de intuir inteligentemente los retorcidos propósitos de sus autoras. ¡Cuántos desventurados habrán sido vulnerados por ser presos de su propia ignorancia!. Esos, que son las espigas del campo de trigo de tu padre y de todos los padres, esos, son los verdaderas víctimas. Y se cuentan por millones, te lo aseguro.
-Entonces... quieres darme a entender, tenaz Ulises, que no debemos admirar la espiga del trigo...
-En absoluto. ¡Eres maravillosamente pueril amigo Janto¡.
Lo que pretendo decirte es que para las sirenas de dos lenguas no es importante la espiga de trigo... lo importante es el campo en su integridad. Piensa, en consecuencia, que una espiga de trigo puede desobedecer al viento quebrándose y entonces el viento no obtiene ninguna ganancia. Sin embargo, todas las espigas juntas, como crecen muy juntas, y eso lo habrás podido observar en los campos de tu añorado padre, cuando son mecidas por el viento se apoyan unas contra otras y al final resultan casi todas indemnes. El viento, por tanto, ha conseguido su capricho: balancea todo un campo de trigo, éste permanece inmutable tras el balanceo y agradecido por el frescor de la brisa que proporciona el viento tirano y... vuelta a empezar.
-Nunca observé ese razonamiento. Sabio Ulises.
-Claro. Es que muy pocos han pensado esto que yo te cuento. En cuanto proclamo ejemplos de esta naturaleza a los desconocidos o supuestos amigos, éstos me relegan al más profundo ostracismo. Casi puedo considerarme pariente de ese tal Diógenes al que consideran un bicho raro, un antisocial. ¡Pobres espigas de trigo!. Bueno, salgamos del laberinto dialéctico y, al grano.... Esas sirenas de dos lenguas han construido un palacio de mármoles, piedras preciosas y oro, pero estoy en la convicción, porque supe negarme a entrar, que el interior es fétido y horripilante, nefasto y aberrante, deleznable y aborrecible... y el punto mas álgido de la tierra conocida. Prefiero atravesar el Helesponto y encararme con las murallas de Ilión. Prefiero enfrentarme a cien mil troyanos antes que a esas zorras sirenas de dos lenguas. Antes me uno con el valeroso Ayax, cuya noble acción corrigió las impertinencias de su locura, clavando la empuñadura de su espada en la suave arena de la playa y se entregó incondicionalmente a la afilada hoja de hierro...
-Bueno Odiseo. No fue para tanto. La vida del guerrero es azarosa. Unas veces eres recompensado y otras soportas grandes cargas y otras veces se plantean duras pruebas... ¿No Odiseo?.
-Ea!. Entiende Janto, entiende. La muerte puede ser una gran recompensa para un guerrero. Esto lo persiguió ese mirmidón loco y utópico de Aquiles y... lo encontró. Los dioses no rigen nuestro destino y la muerte es parca recompensa para un luchador. Recuerda, la victoria sólo engrandece a quien con ella se alía y magnifica cuando solamente se sobrevive al enemigo. La victoria no es la muerte. Pero volviendo a nuestras sirenas de dos lenguas. Lo peor de ellas es que confunden a los incautos, se confunden con ellos y cuando éstos están confiados... ¡ea! son reducidos a simples serviles servidores y sometidos hasta límites insospechados. El lenguaje de las sirenas de dos lenguas es mezquino porque es demagógico. Buenas palabras, aparentes buenos actos, halagos por doquier pero, la finalidad es someter voluntades. Para eso no basta una sola espiga hace falta un campo entero de espigas. Por lo anterior reitero, pueril Janto, que las sirenas de dos lenguas son muy peligrosas porque pueden confiarte por ser bellas y cantar melodiosas canciones. Te sientas en un banquete público, de esos que se ofrecen en el ágora, y quedas a su merced. Mientras comes como cerdo te mienten como lo que son: miserables meretrices. Navegateeeeeeees. Os habla vuestro jefe Odiseo. ¿Teneís hambre?. ¿Teneís sed?. Yo tengo el gaznate vacio. Oh! mi amada Penélope que hambre tengo. Oh! Andrómaco, cuántos habrás crecido, seguro que ya montas un precioso caballo. Os hecho de menos, a todos. Amados míos. La sombra del gnomón ya ha trazado innumerables veces la circunferencia. ¡Cuánto odio el tiempo¡.
-Odiseo, Odiseo... (grita el vigía).
-Dime, paciente y buen vigía. ¿Por qué me gritas alterando mis pensamientos?. ¿Tu también odias el tiempo impertinente Creso?.
-Sí. No. Buenooooo.... no sé, exactamente. Creo que sí odio el tiempo, pierdo mi larga cabellera, mi barba es cenicienta, y las mujeres... ay las mujeres, esas ni se inmutan. Ya sabes lo que quiero decir.
-¡Grullo Creso¡. Dime lerdo: ¿Por qué me gritas de ese modo?.
-Ah. Sí. Mira por poniente, Odiseo. ¿Qué ves?
-Dímelo tú. Algo me ha entrado en los ojos que me impide ver nítidamente. ¿Qué quieres que vea?.
-Tierra, Odiseo. Tierra. Y parece un fértil pensil. Una isla verde de blancas arenas y de aguas azul turquesa.
Todos los argonautas se dirigen a estribor y unos gritaban: ¡Comida, habrá mucha comida!, otros añadían: ¡Y mujeres bellas, dulces y perfumadas mujeres! y otros, los más pesimistas lloriqueaban: ¡Si, mujeres que no tengan dos lenguas y canten bellas canciones!.
-Quietos mis guerreros. Sed prudentes, seamos cautos y no perdamos la cordura. A ver necio Creso, mantén tu posición de vigilancia. Tú, piloto, vira rumbo a la isla. Janto, fiel compañero. Dispón de la mitad del resto de hombres, que se pertrechen convenientemente, ármalos para la guerra como si fuéramos a combatir contra un ejercito de demonios. ¡Desembarcamos!.