Érase una vez una roca enorme, una roca de acantilado que se sentía muy sola.
“¡Si por lo menos fuera una roca de playa, los niños vendrían a jugar conmigo!” -se decía-.
Ni siquiera el hecho de tener tan bella vista la consolaba, pues sólo su amiga Ola venía a verla. Pero Ola siempre tenía prisa, y la mayoría de los barcos que a lo lejos pasaban, no la podían oír; y algunos que pasaron más cerca, hablaban muy raro.
Pero Ola, su única amiga le robaba un trocito cada vez que venía a verla, por lo que roca era cada vez más y más pequeña. Un día vino a verla una gaviota que se posó sobre ella. Roca se puso muy contenta, y cuando le contó todas sus penas, Gaviota le dijo: “Mira Roca, yo creo que la amistad significa dar y recibir, creo que deberías hablar con Ola y decírselo, pues de lo contrario un día, dentro de mucho tiempo podrías desaparecer del todo”.
Así lo hizo, tuvo que idear un sistema para hablar con Ola, enlazando las frases, de forma que todas juntas tuvieran un significado:
- Hola Ola, quiero hablar contigo
- Hola Rocaaaaaaaaa
- Mira, me encuentro sola y desdichada
- ¿Qué te pasaaaaaaaa?
- Siempre que vienes a verme me robas un trocito
- Sí y quéeeeeeeeeee
- Pues que si eres mi amiga, deberías darme algo también
- ¿Qué quieres que te deeeeeeeeee?
- Podrías traerme alguien con quien hablar, ¿conoces a alguien?
- Sí, clarooooooooooooo
- Pues preséntamelos y que se queden a hablar conmigo
- Valeeeeeeeeeee
Y así fue como Ola, le presentó a Caballito de Mar, que era muy divertido y le contó muchas historias de batallas en las que él siempre acababa ganando. También conoció a Estrella, una chica muy sofisticada y elegante que le puso al corriente de todas sus conquistas y de la última moda marinera. Y a cangrejo, un tipo un poco lento, pero que le hacía reír a carcajadas de las cosquillas que le hacía con sus patas al andar.
Y una tarde, hasta le presentó a Sirena, un bellezón, aunque tenía novio. Un tal Neptuno, un tipo canoso, un poco mayor para ella, pero que era el mandamás de todo aquello. Ola le dijo:
- Te he traído a la novia del jefeeeeeeeeee
- Gracias, Ola, hasta luego.
Y así un buen día, Roca llegó a ser tan pequeña que se quedó debajo del mar, pero tantos regalos tenía de Ola, que su aspecto mortecino y gris había cambiado por otro de colores rojos, naranjas, amarillos. Así que pensó, ¡soy una roca de mundo, me cambiaré el nombre!. Y ¿cómo creeis que se haría llamar?. Pues se hizo llamar Coral.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado...
©Lola Márquez